2012/02/13

Monte serrado

La lluvia teñía de plata la acera que se estrechaba hasta convertirla en un delgado hilo de plata, similar una de sus muñequeras (que había sido autoregalada), dejando a un costado un torrente de obscuro cauce, como río de petróleo, que componía el cuarteado asfalto de la carretera.

El camino se estrechaba, quiza debido a que a ambos lados del camino la naturaleza se empeñaba, sin extenuación, en recuperar lo que antaño le había pertenecido. Eso había sido así hasta que hace bien poco. Los que en antaño habían sido criaturas suyas, decidieron, con el criterio propio de su egocentrismo, que la naturaleza era la naturaleza la que debiera ser su criatura y la lucha continuaba.

Los árboles y la obscuridad iluminada, a penas por un reflejo de la luna, que se entreveía entre la descarga de infinitas lágrimas, permitían vislumbrar la distancia que cubre la longitud de un árbol caído, poco mas.

Maldiciendo entre dientes se decía a sí misma que de donde venía esto no era lo normal, que su estirpe ya no estaba lista para esto. Aunque la obscuridad no le molestaba en absoluto, si que lo hacia todo ese peso que transportaba, cantidad de material que con el peso añadido agua habían tomado un cariz similar a la carga de Atlas.

El ruido y el estruendo que hacían sus pasos le producían cierto dolor; así como el desplazamiento de agua que había en el interior de sus botas. Sabía que eso traía consecuencias. También le incordiaban los ruidos, apenas atenuados por el repiqueteo del agua, de sus compañeros, que arrastraban sus botas como si fuera necesario demostrar el ruido de cada baldosa suelta o cada charco al chapotear.

Evitar esa molestia le había hecho acelerar el paso, dejándolos todo lo atrás que era prudente. Hasta donde el camino se convertía en mar de barro que descendía la vertiente de la montaña hasta el vehiculo semioculto en por las salpicaduras de barro y por unas ramas apañadas a modo de camuflaje.

Muchas molestias para alguien sorprendido por una tormenta. Se quería convencer de que debía de estar cerca. Debía de andar por aquí. No podía haberse alejado mucho, y con esta tormenta, seguro que era cuestión de minutos verlo regresar a la cobertura salvadora del vehiculo. Quizá así, con esa proteccion, el fuego graneado que les disparaba la naturaleza, probablemente a modo de venganza, pudiese sortearse.

Pero no era así, el hombre que había llegado hasta aquí, con semejante aguacero no temía la tormenta, había visto demasiadas en su larga vida, como para estar espantado. En peores se las había visto.

Maldita sea, quizá haya que descender el camino para buscar a ese maldito civil y hacerle abandonar la zona, porque infiernos tuvo que venir en un día como este, en un año como este, en un mundo como este...

Sus botas de manera casi inconsciente empezaron a buscar las piedras menos mojadas y menos profundas para intentar descender sobre ese mar marrón disforme que empezaba a parecer un torrente. Minutos que se prolongaban a horas en su cabeza. ¿Había perdido a sus compañeros? No, tenían, por fuerza, que estar poco mas arriba…


Llevaba suficientes metros para ver un capacho en el suelo y un enorme recodo donde la roca guarecía de la lluvia salvando como oasis en el desierto, o mas bien al revés, a quien se refugiaba en él.

-         ¡Eh abuelo! ¡Esta ahí!

Lo único que llegaba a distinguir entre una maraña de ramas agitadas por el agua, que caía a plomo, era la ropa clara del lugareño.


Un esfuerzo mas; el rifle le molestaba y le pesaba cantidad, la cinta que le unía a él era como una cadena que la ataba a las profundidades del abismo, empujándola contra el mar de barro a sus pies.

Llegaba, lo estaba viendo, el señor, un anciano de arrugada tez le hacia gestos para decirle que se acercase, pero la lluvia y los truenos impedían una comunicación mas fluida.

Los setos de cerca del camino se agitaban con fuerza y el aleatorio rugir de la tormenta tapaba los sonidos, un rugir extraño, casi como orgánico, como vivo, como debiera sonar el bramido de un troll si existieran..,

Alto, no. No puede ser,  Eso no era la tormenta.

Se dio la vuelta instantes, que valían como una eternidad, después de lo que le hubiera, quizá, salvado.

5 comentarios:

Ito ito dijo...

Ale, me tiro a la piscina:

¿Es Mantis?

HMJ dijo...

Punto positivo p'al chaval, que bueno que eres!

Tiempo de tormentas dijo...

Me alegro de que inspire historias escritas :)

HMJ dijo...

Es lo que tiene, creo que lo voy a continuar... (pero ya sabeis como es mi constancia...)

Ito ito dijo...

Kompra Sake